El “fantasma” de la Convención de Chicago en 1968 que intimida al partido demócrata en su trato a Bernie Sanders

Protesta por la nominación de la Convención de Chicago en Chicago en 1968. Chicago Sun-Time.

¿Y si la Convención Nacional Demócrata de este año acaba como la de Chicago en 1968? De aquella se recuerdan los rostros ensangrentados de jóvenes que solo querían que se nominase al candidato en activo que había ganado más delegados en primarias (el senador Eugene McCarthy) y que ansiaban que terminase la guerra de Vietnam. El partido hizo lo contrario: eligió al vicepresidente Humbert Humphrey, que no había participado en ninguna primaria y defendía el conflicto bélico. De la Convención Nacional Demócrata de 2020 se espera que salga el contendiente demócrata que venza a Donald Trump. El dilema surge porque un amplio sector de los políticos del partido rechaza a Bernie Sanders mientras que los votantes han comenzado las primarias convirtiéndole en el candidato con más posibilidad de ganarlas.

Hay que recordar que sin aquella infame convención de Chicago probablemente no hubiese habido un informe McGovern-Fraser que comenzase el sistema de primarias actual en las elecciones de 1972. Sin esa reforma, probablemente no se hubiesen emprendido candidaturas de contendientes distintos de los habituales (hombres blancos) como la afroamericana Shirley Chisholm y la asiático-americana Patsy Mink en 1972 (las primeras personas no-blancas en primarias presidenciales de uno de los dos grandes partidos, y las primeras mujeres del partido Demócrata); como la del primer latino, Ben Fernández, en 1980; como las campañas del reverendo negro Jesse Jackson en 1984 y 1988…. Y, quizás, tampoco Barack Obama se  hubiese convertido en presidente en 2008. (Las historias de los 11 primeros candidatos afroamericanos y latinos se relatan en el libro Soñar a destiempo).

Barack Obama, tomando posesión de su cargo como presidente de Estados Unidos.

El informe McGovern-Fraser y críticas al sistema de nominación

El proceso de nominación por el que se elige a los candidatos presidenciales en Estados Unidos y que comenzó, según lo conocemos, en 1972, no carece de críticos. Cada cuatro años, se publican artículos periodísticos y académicos que cuestionan su efectividad para elegir al mejor candidato para ser presidente.

Algunos críticos con el sistema actual cuestionan el hecho de que las primarias otorguen tanto peso a los estados de Iowa y Nueva Hampshire, que comienzan el proceso, y que tienen una población modesta y son mayoritariamente blancos (a pesar de la incipiente población latina que en la última década se constituye, especialmente en el primero de ellos). Se sugiere como alternativa, que vote primero un estado más diverso racialmente, y este año, Tennessee ya ha anunciado que estudiará solicitar ese puesto.

Hay quienes critican el hecho de que los estados celebren sus primarias, unos tras otros, en distintas fechas, lo que obliga a los candidatos a recorrerlos (hay 50 estados) durante meses. Esto se convierte en una demanda excesiva para su salud y sus bolsillos, que además deben llenar de fondos previamente para sobrevivir a ese periplo incesante. Sin comprometerse a una precampaña exhaustiva de al menos un año a prácticamente a tiempo completo es casi imposible sobrevivir esas exigencias. Esto plantea una pregunta (o queja) más: porque el proceso de nominación se prolonga tan tiempo, el candidato está obligado a emprender esa precampaña exhaustiva. Si todos los estados votasen el mismo día, los candidatos precisarían menos recursos y, por consiguiente, no necesitarían someterse a una precampaña tan larga, y al mismo tiempo, estados como Iowa tampoco tendrían tanto peso.

El candidato millonario de 2020 Tom Steyer.

También se sugiere una reforma en el sistema de financiación de las campañas en múltiples aspectos, especialmente desde que en 2008, y gracias (en parte) a nuevas herramientas de recaudación de fondos como Internet, se consolidó la tendencia de rechazar los fondos públicos que se aportaban  a las campañas para no tener que asumir los límites de gasto que se les imponía si los aceptaban. Además, habría que revisar que se permita a los candidatos donarse cuánto dinero quieran, lo que este año ha hecho posible las candidaturas de los millonarios Michael Bloomberg y Tom Steyer. Hasta el momento, Bloomberg ha invertido en su campaña 400 millones de dólares de su fortuna, lo cual resta efectividad al resto de campañas que recaudan sus fondos de donante en donante. (El candidato no-millonario que más dinero ha recaudado este año, Bernie Sanders, ha conseguido 134 millones de dólares hasta la fecha).

El proceso de nominación presidencial de Estados Unidos no es perfecto y, además de lo descrito, solo hay que observar la cobertura mediática que se hace de las campañas, y el enorme protagonismo de lo que se conoce como historias de carreras de caballos (es decir, los textos periodísticos que solo se fijan en quién va el primero, quién va a adelantando terreno y quién no tiene posibilidades o es un dark-horse o caballo negro); o en la información que la prensa destaca de los debates televisados (las anécdotas como la trifulca que se creó en el del martes pasado en Carolina del Sur, o quién interviene más tiempo, de nuevo para contar historias de carreras de caballos).

Pero que el sistema tenga imperfecciones no significa que el partido deba arrebatar a los votantes el poder de decir la última palabra, como se acordó con la reforma de la Comisión McGovern-Fraser, posterior a la Convención de Chicago.

Es cierto que a los dos grandes partidos estadounidenses nunca les gustó perder completamente el control de quiénes son sus candidatos presidenciales (aunque al mismo tiempo presuman del aspecto democrático del proceso), y que poco a poco, desde 1972, se han introducido cambios que tienen el objetivo de limitar la decisión de los votantes. El supermartes repleto de estados sureños que comenzó en 1988 se concibió con el objetivo de facilitar la victoria de un candidato de centro. Los superdelegados, que son delegados no comprometidos, es decir, que los votantes no eligen en primarias y que pueden votar por el candidato que deseen en la convención, y se crearon en 1984, o las tácticas más sutiles, como los requisitos de encuestas y donaciones que se exigen para participar en los debates televisados organizados por el partido, tienen el objetivo de influir quién gana en las primarias presidenciales.

¿Y si Bernie Sanders sigue ganando?

Bernie Sanders y la congresista Alexandria Ocasio-Cortez en un evento multitudinario en Queens, Nueva York.

Aunque los partidos tengan la tentación de creer saber qué candidato les conviene, también tienen memoria y recuerdan tanto los hechos más recientes (por ejemplo, cuando los superdelegados apoyaron en masa a Hillary Clinton frente a Bernie Sanders en 2016 y propició las críticas de los que pensaban que quizás se podría haber evitado la victoria de Donald Trump si no se hubiese insistido en aquella nominación), como recuerdan los acontecidos que propiciaron la creación del sistema de primarias actual (y aquí debemos volver a remitirnos a la Convención de Chicago en 1968). El partido Demócrata decidió tener en cuenta lo acontecido en 2016 y estipuló que en las siguientes elecciones los superdelegados solo votarían en la Convención Nacional si un candidato no llegaba con el número de delegados suficientes, 1991.

Ahora, el sector del partido que no quiere a Bernie Sanders, que en el lenguaje de las historias de carreras de caballos es el front-runner o favorito, esperan que surja un candidato de centro potente en el supermartes del 3 de marzo. El exvicepresidente Joe Biden debía haber sido ese contendiente moderado que frenase a Bernie Sanders, pero no ha empezado con suficientes apoyos de los votantes de los primeros estados, por lo que los que se oponen a Sanders se preguntan si deberían utilizar todas sus armas para apoyar a otros de esos contendientes moderados, ya sea Michael Bloomberg, Pete Buttigieg o Amy Klobuchar. La decisión no está clara porque existe el riesgo de recrear la situación de 2016, es decir, que se apoye a un contendiente que quizás no entusiasme a suficientes votantes demócratas, y vuelva a ganar Donald en 2020.

Pero la amenaza que se presenta es mayor que la de repetir lo que ocurrió en 2016, el temor es que se llegue a una situación como la vivida en Convención Nacional Demócrata de 1968. El “fantasma” de Chicago amenaza con volver y eso, nadie quiere que pase, porque se juegan algo más que un candidato a la presidencia e incluso que el siguiente mandato de cuatros años en la Casa Blanca. Tras forzar la victoria de Humbert Humphrey en 1968, el partido Demócrata explicó el temor, por el cual creaba la Comisión McGovern-Fraser: “Creemos que el control popular del partido Demócrata es necesario para su supervivencia”.

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